Historia

La reconstrucción historiográfica de la Hermandad de Jesús de la Columna ha trascendido recientemente el ámbito de la tradición oral para fundamentarse en la evidencia documental, redefiniendo su estatus dentro de la nómina de las cofradías malagueñas. La importancia del hallazgo documental de 1682 es capital, pues sitúa a la corporación como la quinta institución nazarena más antigua de la ciudad. Este hito, fruto de las investigaciones de Llordén-Souvirón en el archivo de protocolos notariales, se localiza específicamente en el testamento de Sebastián Ramírez (folio 69 del legajo de 1682, escribanía de Bernabé Ruiz), donde el otorgante dispone ser amortajado con la túnica de la «Hermandad del Santo Cristo de la Columna de la iglesia de la Merced» y solicita la celebración de treinta misas ante la capilla propia de la corporación.

Desde una perspectiva de consultoría patrimonial, la relevancia de estos datos radica en la resolución de la discrepancia cronológica entre la fundación institucional y la ejecución de su imagen más célebre. La mención expresa a una capilla propia y al uso de túnicas en el siglo XVII demuestra una consolidación administrativa y devocional previa a la asunción del patronazgo por parte del gremio de herreros. Este sustrato fundacional mercedario sugiere la preexistencia de una efigie anterior, hoy desconocida, que permitió la estabilidad de la hermandad hasta su renovación artística a finales del siglo XVIII.

El año 1799 representa un punto de inflexión donde el gremio de herreros, mayoritariamente de etnia gitana, asume el patronazgo artístico y decide dotar a la hermandad de una efigie de primer orden. La elección de la imagen se realizó mediante un concurso público, un procedimiento que evidencia la exigencia estética de la corporación, enfrentando a los escultores Mateo Gutiérrez y Francisco de Paula Gómez Valdivieso. Este último resultó adjudicatario en el cabildo del 2 de febrero de 1799, concertándose la obra por un estipendio de 1.400 reales de vellón.

La talla de Valdivieso fue concebida bajo una fisonomía ligada a los cánones barrocos del siglo XVIII, a pesar de su ejecución en el umbral del XIX. Técnicamente, se trataba de una escultura de tamaño natural con pureza tallada y un eje compositivo marcado por una columna maciza de fuste liso y cabeza reclinada, complementada con el uso de pelo natural. El impacto estilístico de esta obra fue profundo; Valdivieso logró articular un discurso visual neobarroco que se convirtió en el referente identitario de la cofradía. Esta imagen, considerada una de las piezas más insignes de la escultura malagueña de su tiempo, consolidó la estética que la hermandad mantendría hasta su desaparición en el siglo XX, influyendo decisivamente en su tardía pero impactante incorporación a los desfiles procesionales decimonónicos.

La actividad de la Hermandad se centraba en el ejercicio de la caridad, en especial dedicándose al entierro de hermanos; siendo la primera Cofradía de la ciudad en realizar entierros en cementerios, desterrando así la práctica habitual de dar sepultura a los fallecidos en iglesias.

Talla desaparecida en 1931, de Francisco Gómez Valdivieso (Málaga, 1799).
Antiguo Cristo de la Columna, año 1920.

El Cristo no es procesionado hasta bien avanzado el siglo XIX; acompañado, en la mayoría de las ocasiones, por la Señora del Traspaso y Soledad de Viñeros, que también tenía su sede en la iglesia de la Merced.

El fenómeno social alcanzó su cénit en 1924, cuando la hermandad se reincorporó con vigor a la Semana Santa tras una década de ausencia. La prensa de la época, incluyendo el diario Información de Madrid, se hizo eco del «pintoresquismo» y la singularidad étnica de la cofradía. Aquel año, un cortejo de 150 nazarenos de etnia gitana transformó la percepción urbana de la calle Merced. La estética de los hermanos se alejaba de la uniformidad académica: vestían túnicas entreabiertas con enaguas almidonadas, pecheras rizadas adornadas con bisutería y procesionaban a rostro descubierto, luciendo patillas y bigotes. Esta manifestación antropológica convirtió a la hermandad en un símbolo de la identidad popular malagueña, un auge que se vería interrumpido drásticamente por la violencia iconoclasta.

Los sucesos del 11 y 12 de mayo de 1931 constituyen el episodio más traumático en la historia patrimonial de la institución. La pérdida de la imagen titular de Valdivieso supuso la destrucción de un pilar devocional de más de un siglo. A pesar de los esfuerzos desesperados de los vecinos y hermanos por rescatar la talla de la gigantesca pira encendida a las puertas de la Merced, el Señor de la Columna fue pasto de las llamas.

Del patrimonio original solo sobrevivieron cuatro angelitos de la peana, rescatados por encontrarse custodiados en el domicilio de Doña Dolores Ranea, benefactora de la corporación. El vacío dejado por la imagen alimentó la memoria colectiva a través de leyendas, como el supuesto traslado de un brazo y la peluca de la efigie a tierras catalanas. No obstante, la realidad histórica obligó a la hermandad a una reconstrucción estética integral durante la posguerra, iniciando un complejo proceso de búsqueda de una nueva imagen que fuera capaz de restaurar la identidad perdida.

Tras la Guerra Civil, la Institución se reorganiza y expone un cuadro en recuerdo del desaparecido en la quema de conventos de Málaga. Corría el año 1939, y la Cofradía encarga la imagen del Señor a Manuel Oliver Rosado, aunque posteriormente sería sustituida por la baja calidad artística de la misma.

A día de hoy, dicha talla se encuentra en la localidad malagueña de Canillas de Aceituno, localidad malagueña de la zona de la Axarquía, donde se le profesa una gran devoción.

Talla de Oliver Rosado
Iglesia de la Merced en llamas, (quema de Iglesias y Conventos durante los sucesos del 11 y 12 de mayo, 1931).

El Cristo no es procesionado hasta bien avanzado el siglo XIX; acompañado, en la mayoría de las ocasiones, por la Señora del Traspaso y Soledad de Viñeros, que también tenía su sede en la iglesia de la Merced.

En las primeras décadas del siglo XX, la Cofradía se caracteriza por la irregularidad de sus salidas procesionales, debido a los escasos recursos. En 1924, se produjo un gran revuelo en la ciudad, al incorporarse la popular Cofradía de las Gitanos al concierto de las Hermandades de Semana Santa, por el pintoresquismo que ponía la gente de raza gitana, en el acompañamiento al Señor de la Columna, llamando así la atención de los medios de comunicación de la época. Tanto es así, que el Diario ‘Información’ de Madrid de ese mismo año, editó un extenso artículo con el regreso de la popular Cofradía de los Gitanos al panorama cofrade de aquel tiempo. Ciento cincuenta nazarenos de etnia gitana, acompañaron ese año al Cristo calé tras una década sin salir por las calles de la ciudad.

La reconstrucción del patrimonio escultórico tras la contienda civil atravesó una fase de transición marcada por la exigencia de calidad del Obispado de Málaga. En 1939, se encargó una imagen a Manuel Oliver Rosado, la cual fue posteriormente rechazada por su insuficiente entidad artística y trasladada a la localidad de Canillas de Aceituno, donde aún recibe culto. La solución definitiva llegaría en 1942 con el encargo al escultor malacitano de etnia gitana, Juan Vargas Cortés.

La obra de Vargas Cortés se caracteriza por una serie de valores que equilibran la tradición y la renovación:

  • Referencia Histórica: Se inspira formalmente en la desaparecida talla de Valdivieso.
  • Depuración Estilística: Reduce el dramatismo barroco exacerbado, optando por una expresión de mayor serenidad.
  • Anatomía Académica: Énfasis en la perfección anatómica y el estudio naturalista del cuerpo humano.

La elección de Juan Vargas tuvo una dimensión antropológica fundamental: un artista malacitano del propio pueblo gitano devolvía la imagen titular a su hermandad. El entusiasmo devocional fue tal que, en su primera salida, el público intentó introducir al propio escultor a hombros en la iglesia de los Santos Mártires, consolidando el vínculo emocional entre la nueva talla y la identidad de la corporación.

El escultor, Juan Vargas Cortés (Málaga, 1942) junto a la talla del Cristo de la Columna.
Actual talla de Ntro. Padre Jesús de la Columna, restaurada por Francisco Buiza (Sevilla), entre 1979 y 1980.
María Stma. de la O, de Francisco Buiza Fernández (Sevilla, 1969).

El periodo comprendido entre 1970 y 1980 marca la madurez artística definitiva de la hermandad, caracterizada por la «sevillanización» de su discurso visual bajo la maestría de Francisco Buiza. En 1970, la corporación incorporó su primera advocación mariana, María Santísima de la O, tallada por Buiza. Como dato relevante para la historia del arte local, esta imagen llegó a Málaga en el mismo vehículo que la Virgen del Traspaso y Soledad de Viñeros, lo que explica la notable afinidad estilística entre ambas y dota al conjunto de una coherencia visual sin precedentes.

Posteriormente, entre 1979 y 1980, Buiza llevó a cabo una restauración profunda y una renovación de la policromía de pulimento del Cristo de la Columna debido a su mal estado de conservación. Esta intervención incluyó la talla de nuevos rizos en el cabello y la ejecución de unas manos de factura buiciana, diferenciadas de las originales de Vargas. La intervención de Buiza no solo preservó la obra de Vargas, sino que la dotó de una fuerza expresiva neobarroca que armonizó todo el conjunto escultórico, estableciendo la estética definitiva que la hermandad presenta en la actualidad.

Bendición María Stma. de la O., 14 de marzo de 1970 (Parroquia de los Santos Mártires).

María Santísima de la O es una bellísima imagen con una clara expresión de dolor en su rostro, con profundos rasgos que hacen llegar a lo más hondo de los sentimientos a los devotos de la Reina y Señora del barrio de la Cruz Verde.