CARTEL LUNES SANTO 2026

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Bajo una composición sobria y de acusado carácter intimista, Rubén Guerrero Torralba presenta una escena que trasciende la mera representación devocional para detener el tiempo en uno de los pasajes más elocuentes de la Pasión: Cristo atado a la Columna.

La obra se construye sobre un fondo oscuro y contenido que elimina todo elemento accesorio y concentra la atención del espectador en el centro narrativo. Allí emerge la figura de Nuestro Señor, elevada sobre la columna y modelada mediante una iluminación dirigida que hace recaer sobre su anatomía toda la tensión emocional de la escena. La luz no solo descubre el cuerpo de Cristo, sino que subraya el instante del padecimiento con un tratamiento casi escultórico del volumen y de la piel.

El Señor aparece atado, con el torso inclinado y la mirada baja, en una actitud de aceptación serena del sacrificio. La anatomía se presenta cuidada y expresiva, alejándose del dramatismo exacerbado para buscar una belleza contenida y profundamente humana.

Rodeando la escena aparecen distintas figuras que enriquecen el relato y amplían su significado. Entre ellas destaca una presencia especialmente significativa: la del imaginero Francisco Buiza, incorporado por el autor como evocación consciente de quien dejó una huella decisiva en la identidad artística y devocional de la hermandad. Su inclusión no funciona únicamente como recurso compositivo, sino como homenaje y memoria; una forma de situar al creador junto a su propia obra, vinculando el instante representado con la historia material y sentimental de la corporación.

Especial relevancia adquiere la propia columna, tratada con una presencia casi simbólica. Más que un elemento arquitectónico, se convierte en eje de la escena: soporte físico del suplicio y al mismo tiempo referencia iconográfica que da identidad a la advocación.

En la zona superior, el título “COLUMNA” se integra con un lenguaje gráfico rotundo y contemporáneo que dialoga con el clasicismo pictórico del conjunto. Bajo él aparece el año 2026, situando la obra no solo como cartel anunciador, sino como puerta visual hacia un tiempo concreto de espera y celebración.

Rubén Guerrero Torralba propone así una imagen contenida, silenciosa y profundamente contemplativa, donde la oscuridad no oculta, sino que revela; donde el gesto pesa más que el movimiento; y donde la escena entera parece quedar suspendida en ese instante previo en el que el dolor se convierte ya en redención.